Sócrates.jpgSócrates declaraba que no se puede ser consciente de que se está actuando mal porque de serlo no se actuaría como tal, defendía que la persona busca en todo lo que hace el bien. Según el famoso filósofo griego no se es consciente cuando se actúa mal, y esto no quiere decir que no se sepa que se está causando un mal al otro, sino que no se considera que eso esté mal. Esto deja perplejas a una gran cantidad de personas cuando piensan en el mal “a conciencia” que les han hecho por envidia, por maldad, o lo que quiera que sea. En esta entrada quitaré la perplejidad a estas personas para sustituirla por comprensión: ¿Cómo se explica que el malvado no sea consciente de su maldad? En entradas anteriores ya expliqué la ceguera que sufre el psicópata, y ejemplifiqué 2 ejemplos en mi entrada La ceguera del psicópata, pero voy a explicarlo otra vez muy brevemente: el psicópata se odia, se teme a sí mismo (inconscientemente claro), y esto lo proyecta en los demás, sintiéndose víctima de la sociedad.

El caso del psicópata es el mal absoluto, y solo el 1% de la población llega a esa categoría, casi toda la población entra en el lado social del ser humano, en el lado de la ética y la moral, el lado de la bondad, pero aun así todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior. Nadie puede verse a sí mismo como los demás lo ven, es decir, objetivamente, pero sí que nos dice mucho lo que vemos en el mundo, porque no vemos las cosas como son en realidad, sino como somos nosotros. Así es, el mal que cometen los demás solo es percibido por nosotros, pero no por quien lo hace, y que nosotros percibamos que una acción ajena es mala no significa que los demás la perciban igual. Con esto queda que el bien y el mal son relativos, pero no en un sentido moral, me explico: la inmensa mayoría de las personas compartimos una ética y una moral con la que regimos nuestra vida, y estas son aprendidas por el entorno de la persona, esto es, por la cultura, que moldea más o menos del mismo modo a la inmensa mayoría de personas, las cuales comparten de forma similar su sistema emocional. Así pues la inmensa mayoría de las personas compartimos una visión del mundo moral casi igual, por no decir igual, por lo que a la hora de juzgar un acto todos concordamos con el mismo juicio moral. Ahora bien, ¿por qué pensamos que el malvado es consciente de su mal, que además de ser consciente de su mala acción es también consciente del mal que ha causado? Lo pensamos porque el malvado ha logrado su cometido, y ¿cuál es su cometido? Como expliqué en la entrada Cuando el mal nubla nuestro juicio moral, el malvado, al que llamé antisocial y voy a seguir usando el término, odiándose a si mismo, odiando la vida, anclado en el odio como forma de subsistencia, busca destruir nuestra felicidad llenándonos de odio contra nosotros, ¿y cómo lo hace? En esa misma entrada expliqué una de las maneras, que es usar nuestra subjetividad en nuestra contra: nosotros, las personas sociales, por nuestra visión moral no podemos concebir la existencia de las personas antisociales, así que estas, disfrazadas con nuestra subjetividad, ocultas con “un velo humano”, pondrán nuestros afectos en contra a través del narcisismo, o bien a través de la culpa y el remordimiento. Pero la otra forma es la respuesta a la pregunta anterior sobre el cometido que ha logrado el antisocial: este cometido es creer en su conciencia de mal, y aquí no me refiero a creer que él piense que lo que ha hecho está mal, que lo sabe (sabe que es malo para nosotros), sino a creer que él ES malvado, que sabe que es malvado y es consciente del mal que nos causa. Es decir, el antisocial ha logrado envenarnos de odio contra él, y directamente contra nosotros mismos (inconsciente para nosotros), al creer que él es consciente de su mal. Usando nuestra subjetividad una vez más en nuestra contra, al creer nosotros que todos piensan como nosotros, creemos que el malvado piensa como nosotros pensamos de él: que él ES malvado, que él tiene conciencia de su mal; cuando eso NO es cierto. Esto es lo que despierta en nosotros el rencor hacia esa persona, porque creemos que nos ha victimizado, sin más. El antisocial no nos victimiza sin más, el victimizarnos es la consecuencia pero no la causa: el antisocial quiere protegerse de nosotros porque se siente víctima de nosotros, siendo esta la causa del deseo de victimizarnos. El ver al antisocial como un victimario y no como a una víctima es lo que crea rencor hacia el mismo, y es ahí cuando él ha ganado: ha creado en nosotros rencor hacia él, odio hacia nosotros mismos. Recuerden lo dicho en la entrada Cuando el mal nubla nuestro juicio moral, el antisocial busca la felicidad destruyendo la nuestra, que es convertirnos en él, y crear rencor en nosotros es su goce.

La empatía, la capacidad de ponernos en el lugar del otro, se da si somos personas sociales, si tenemos instauradas en nuestra mente las normas morales, las cuales internalizamos desde pequeños fruto del miedo a la pérdida de afecto, y es “el pegamento” que nos une para ser más fuertes, para tener poder sobre el medio frustrante. El psicópata, que no desarrolló una moral, y que nos ve como a enemigos junto a la frustración del medio, está vetado de esta capacidad. La empatía genera alegría en nosotros cuando los demás son felices, puesto que su felicidad es la nuestra, en cambio el psicópata, vetado de empatía, siente pesar por nuestra felicidad, la odia, puesto que nuestra fortaleza es su debilidad. Como dice el famoso criminólogo Vicente GarridoVicente Garrido : la ausencia de empatía que sufre el psicópata le impide sentir placer mediante la observación de la felicidad en los demás. El placer de los otros sólo le provoca envidia y codicia. Así es, el perverso nos envidia.

El objeto de esta entrada es comprender la necesidad de dejar nuestra subjetividad a un lado para pasar a ser objetivos: comprender la necesidad de entender la mente del perverso, del antisocial. Solo a través del conocimiento objetivo tendremos el poder para bloquear la acción del perverso, que es evitar confundirnos a través del odio para pasar a ser como él, a volvernos débiles. Recuerden, el perverso nos envidia, (lean la entrada El perverso nos envidia), y goza destruyendo nuestra bondad. La bondad se destruye cuando el mal, disfrazado de nuestra subjetividad, nos hace creer que hacemos el bien cuando hacemos el mal, y esto ocurre cuando el odio se apodera de nuestra mente, llevándonos a la miseria moral.

 

Quilato Ótefe.

 

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