Un ser tuvo que renunciar a su naturaleza humana para no sucumbir a la destrucción; que se pasó al bando enemigo que tanto odiaba; que tuvo que sufrir la humillación de convertirse en su propio peor enemigo, de unirse a él. El miedo se apoderó de su mente de tal forma que el psicópata decidió tirar su brújula moral en su camino vital, desviando el rumbo de la rectitud por la perversión. ¿Qué hay del ser humano que no se deja corromper por el odio, que no se ha humillado ante él, que es más fuerte que el mal? ¿No se sentirá avergonzado, humillado, ese ser cobarde ante alguien de semejante fortaleza? desde luego que sí, pero no, la cosa no va a quedar ahí. ¿No le produce un sentimiento de pesar, de tristeza, al malvado por aquello que perdió? ¿la paz que nunca encontrará? ¿vivir toda su vida con miedo? El pesar le hace ser débil, y de miedo a ser débil odia a quien le produce pesar, lo envidia a muerte. El ser moral, cuya paz dentro de sí nunca encontrará el malvado, representa el fracaso del mismo. La persona recta siempre le recordará al malvado donde fracasó, quién es el débil en realidad. Es por envidia que el malvado siempre intentará hacerle creer al bondadoso que es débil, lo tentará al lado oscuro pues sabe que si cae lo humillará y este no será más fuerte que él. Yo le diría al malvado: ¡cobarde! cobarde es lo que eres, un cobarde por muchas personas que mates, por mucho daño que hagas. Que seamos tan valientes como hasta ahora sin dejarnos caer al lado oscuro impedirá al malvado consolarse, y así auguramos su derrota y acabar encarcelándolo entre barrotes de miedo y una larga condena de depresión. Nosotros, las personas rectas, tenemos el poder de invalidar al psicópata. Seamos valientes y resistamos a su tentación, la venganza. El perdón es la cerradura que lo recluirá en su prisión. Perdonemos al psicópata, y este acabará por suicidarse.

Quilato Ótefe.

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