En todas las entradas de este blog hablo sobre el bien y el mal, de la búsqueda del bien como objeto en nuestra vida, y de la lucha entre el bien y el mal por el poder. ¿He querido decir hasta ahora que la búsqueda del poder a través del bien es el motivo a tener el bien como objetivo en la vida? sí, y en esta entrada voy a explicar qué relación tiene el poder (que implica en la personas sociales la búsqueda del bien) con el sentido de la vida. El por qué el bien es el verdadero poder (nuestra auténtica fortaleza), y el mal la auténtica debilidad.

El sentido de nuestra vida es tan simple como vivir, y se vive a través de la búsqueda de la propia fortaleza a través del poder. Por lo que la respuesta al sentido de la vida se puede reescribir para quedar como “el sentido de la vida es la búsqueda de la propia fortaleza a través del poder”. Hasta aquí el lector pensará que la respuesta dada al sentido de la vida, al significado de vivir, es demasiado prosaica, es decir sin sentido, sin emoción, sin valor. Ahora vamos a dejar nuestra subjetividad a un lado para pasar a ser objetivos, ya que comprendiendo la objetividad alteraremos nuestra subjetividad para llenar de valor tal respuesta. El miedo a la muerte y la consiguiente ira a lo que lo produce, que es la frustración, es el círculo vicioso que nos impulsa a ejercer poder sobre el medio frustrante. Desde que nacemos la búsqueda del poder sobre el medio es nuestro instinto de supervivencia, ya que apoderándonos del medio estaremos a salvo del mismo. ¿Cómo logramos poder sobre el medio? nuestra especie, la especie humana, no es individualista, no somos como el tigre de bengala, pero tampoco colectivista, porque no somos hormigas, nuestra especie es social. ¿Qué quiere decir que nuestra especie es social? que nuestra especie sea social implica que buscamos fortalecer nuestros vínculos con los demás, formar una sociedad en la que todos funcionemos como un solo individuo y así beneficiarnos todos. ¿En qué se diferencia nuestra especie social de una colectiva? en que la unión con los demás nace desde nuestro propio egoísmo. El miedo es el motor de nuestro egoísmo. Desde que nacemos tememos a la vida y buscamos poder sobre el medio para sobrevivir, es nuestro instinto de supervivencia, y tal instinto nos liga a los demás para lograr el objetivo de dicho instinto, empoderarnos sobre el medio. El que cuando comenzamos a vivir los demás comprendan nuestro miedo por experiencia directa, y nos ayuden, nos da alegría, porque logramos la victoria sobre el medio frustrante, y esa alegría nos impulsa a repetir el circuito con los demás. Y es que los demás nos ayudaron buscando repetir el mismo circuito también. Ese círculo vicioso de ayuda, de solidaridad es el que forma nuestra sociedad, y es en sí la empatía, la que genera nuestro posterior desarrollo moral. Nuestro egoísmo busca repetir la alegría en los demás para volver a experimentarla nosotros mismos de estos. La alegría de los demás es la nuestra, o dicho de otro modo: la fortaleza de los demás es la nuestra. Todo lo dicho implica que la satisfacción de vivir consiste en ser buena persona, en sentirnos bien siendo buenos. ¿Por qué hay malas personas entonces?, ¿acaso estas buscan su infelicidad?, ¿buscan volverse débiles? sí, exacto, y ya lo he venido explicando en las anteriores entradas. Las malas personas, las intrínsecamente malas (y cuando utilizo el calificativo malo, perverso, etc lo utilizo de forma subjetiva), nos consideran parte de la frustración del medio. En la mente del perverso nosotros lo destruimos a él, para el perverso nosotros somos más fuertes que él, somos más grandes, más inteligentes, y lo destruimos por eso (inconscientemente, el psicópata se ve superior a nosotros pero ve que lo victimizamos, se siente víctima de sus víctimas, y superior a estas), así que lo que piensa es en destruirnos. Para el perverso los perversos son los demás, el mal está en los demás, no en su persona. El perverso tiene miedo de sí mismo, porque él piensa que lo victimizamos, y pasa a convertirse en el medio frustrante, a odiarse a él mismo junto con el medio frustrante. El perverso odia y envidia nuestra felicidad, la cual es nuestra fortaleza, la que tanto desea marchitar para destruirnos. Nuestra fortaleza se marchita cuando nos unimos al medio frustrante, cuando nos odiamos a nosotros mismos, cuando invertimos el rol que ocupan el bien y el mal en nuestra mente, esto es, cuando consideramos al bien como al mal y al mal como al bien. Odiarnos a nosotros mismos trae como consecuencia el suicidio ó la esclavitud, esto es: o bien no poder soportar el sentimiento de culpa insoportable y morir, ó esclavizarnos al odio y morir en esta vida, porque vivir con odio hacia uno mismo es sinónimo de negarse a uno mismo, y esa negación es la muerte en vida. Para conseguir poder marchitar nuestra fortaleza el perverso manipulará nuestro juicio moral intentando envenenarnos así de odio a través de nuestros afectos con la culpa y el remordimiento, ó bien a través del narcisismo con nuestro amor propio. Leer la entrada Cuando el mal nubla nuestro juicio moral para entender esa manipulación. Que la base de la búsqueda del poder a través del mal sea el miedo a los demás, el miedo a uno mismo, implica que el perverso es una persona débil, es una persona cobarde (en un sentido metafórico), y que el perverso tema al bien es la justificación para proclamar al bien como el poder verdadero. Sintámonos orgullosos de hacer el bien, llenémonos de felicidad, amemos a los demás, desterremos los malos sentimientos: el odio (al igual que un veneno gradual) nos destruye poco a poco, y la única forma de tolerarlo es convirtiéndonos en aquello que lo produce. Optemos por rechazarlo con el antídoto que nuestros afectos proporcionan en lugar de tratar de tolerarlo. No olviden que si cada vez que el enemigo te odia te resistes a odiarlo entonces no necesitarás odio para vengarte, él mismo se ahogará en el suyo. Es decir, si el perverso que te odia no logra envenenarte de odio, su propio odio lo destruirá, pues no puede ser fuerte, perdiendo así su sentido en la vida. Perdonar es nuestra victoria, pues no consideramos al otro siquiera un adversario. El perdón es nuestra mejor arma contra el perverso.

Vean el siguiente vídeo donde se ve la acción manipulativa del psicópata sobre el juicio moral de una persona. En este caso lo ilustra Frollo con Quasimodo, invalidando a Quasimodo, incapacitándolo para la vida, haciéndole creer que él, Frollo (que es el mal en realidad), es su único amigo, y los demás son perversos.

 

 

Quilato Ótefe.

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