El cambio en lo externo no es ajeno, sino propio, y es la vida en sí. Si el cambio fuera externo, y no interno, nosotros seríamos ajenos a la realidad cambiante que, como constante, pasa de ser a no ser y viceversa, siendo inmutables y por tanto muertos, pues no seríamos realidad.

La realidad, lo interno más lo externo, el ser, es cambio. Nosotros somos la realidad, una realidad que cambia aumentando, como constante, su grado de conciencia; ya que, como expliqué en mi entrada La prisión moral del pensamiento antisocial, vivimos tras superar nuestro último juicio. Y la realidad, nosotros, continúa su cambio constante de armoniosa felicidad, y de creciente conciencia, sin renunciar a su sufrimiento; pues sin este no hay elección, sin elección no hay cambio, y sin cambio no hay realidad. No renunciar a nuestro sufrimiento no es fuente de amargura para quien sufre, sino sinónimo de elección, la que da felicidad a quien la toma libre de la ajena, pues el que elige puede ser y tiene motivación para mejorar.

Lo ajeno y nosotros es lo mismo, pero la conciencia ajena, aun siendo la nuestra, si nubló nuestro juicio moral, es conciencia antisocial: una cara de la moneda de la vida, del ser, es al caer boca arriba sobre la otra, la conciencia social. Así, si dejamos de sufrir, dejamos de elegir, dejando la vida de dar vueltas al aire: callando la armoniosa melodía del ser; sumiéndonos en la completa oscuridad de la pesadilla en la que nos envuelve su silenciosa cara antisocial, silencio que nos obliga a vivir la pesadilla sin elegir en el sueño para no ser conscientes del mismo, pues hemos renunciado a nuestro sufrimiento para hacernos sufrir. Sufrir sin hacernos sufrir es la motivación por mejorar, viviendo la armoniosa felicidad; y gozar haciéndonos sufrir es a la contra por empeorar, habiendo muerto la caótica infelicidad.

Llegado a este punto, cabe preguntarse si se puede vivir, si se es, sin emoción. Solo quien elige cambia, solo quien cambia es, y solo es la conciencia social: conciencia que sufre y es feliz, que sufre y no se venga, que es emocional.

En los anteriores artículos pareciera sugerir que la conciencia social puede transformarse en antisocial, pero no es así. El ser es la lucha por ser, que es de continuo cambio, siendo el no ser y el ser iguales a la vez, pero no por separado. La conciencia antisocial no es, pero puede ser si la elegimos; elección que tomamos por su tentación, la que quiebra nuestra virtud, nuestra moral.

Podemos ser conciencia antisocial, pero no hemos cambiado, sino que nos hemos estacionado; hemos elegido dormir para pasar a no ser conscientes de ello fuera de nuestra prisión moral, pues el ser es consciente, y, en este caso, sin conciencia moral, siendo un prófugo de la justicia moral que vive su pesadilla como tal, siendo enemigo de su propia justicia, de él mismo, enemistad que revive en los demás, pues es consciente, pero como he dicho, sin conciencia moral, pues esta duerme en la prisión moral.

Así, no hay vida sin emoción, y por regla de tres no hay emoción sin elección. La emoción no nos determina, sino que nos tienta a ello, pues la venganza es una enorme tentación a renunciar a nuestro sufrimiento, una tentación por no mejorar sino por empeorar al otro, al otro que no nos odia, sino que nos teme como nosotros a nosotros mismos desde que tomamos la elección de vengarnos del prófugo, aprisionándonos junto a él en su misma prisión moral, anestesiando nuestra conciencia moral.

Quilato Ótefe

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